El Leonel de siempre (3 de 3)

Por Pedro P. Yermenos Forastieri

Leonel Fernández, no escatima esfuerzos en resaltar supuestos aportes que sus gestiones y su partido han hecho en el plano legislativo para combatir la corrupción. Olvida que si el problema se ha multiplicado, es porque tales intentos derivaron en fracasos, siendo obvio que de lo que se trata no es de la existencia de un cuerpo legal, sino de voluntad política para hacerlo producir consecuencias.

Ese gobernante que impulsaba leyes en la dirección indicada, es el mismo que estructuró un poder judicial blindado para garantizar su impunidad y la de sus acólitos involucrados en expedientes de los que han podido salir indemnes gracias a la complicidad de un sistema que reciproca favores politizados.

La derrota de Leonel Fernández, radica en que, aun con su inteligencia, fue incapaz de comprender que estaba estimulando la continuidad del uso de perniciosos mecanismos que, de igual manera que él los utilizaba contra otros, podía llegar el momento en que se revirtieran contra él.

El flagelo que se empeña en denunciar como natural, pero que para contribuir a su acceso y permanencia en el poder fue bastante estimulado con premeditación y acechanza, es el mismo que, manejado por adversarios aun llamándose compañeros, le ha infligido las derrotas partidarias que ha sufrido, que lo proyectan como presidente de la organización sin autoridad, aislado, que tiene cuesta arriba el camino de su anhelado retorno al disfrute de las mieles del poder, que sería igual que decir a un nuevo padecimiento para este pueblo. No hay peor cuña que la del mismo palo.

Otro tema en el que nuestro personaje ha insistido y en el que reincide en su actitud de mostrarse como alguien ajeno a nuestros pésimos resultados, es el de las leyes de partidos políticos y del régimen electoral. Tiene el descaro de afirmar que su partido no ha sido un obstáculo para la aprobación de ambas, como si resultara difícil recordar que en la mayor parte del tiempo han tenido una mayoría congresual que, por sí misma, hubiese sido capaz de dotar la nación de instrumentos que en esta materia fueran propiciadores de una competencia electoral distante de la inequidad absoluta que en la actualidad representa.

En fin, si alguien desea saber el tipo de gobernante que necesitamos y las prácticas democráticas que es preciso instaurar, solo tiene que repasar el historial de Leonel Fernández, y, por razonamiento en contrario, descubrirá el modelo ideal.

pyermenos@yermenos-sanchez.com

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