Mucho por hacer

Por Guillermo Cifuentes

“La economía es el método, el objetivo es cambiar el alma”. Margaret Thatcher

Buenos tiempos nos toca vivir. Las novedades que inauguran esta semana invitan a preguntar y preguntarse, pero lo que parece no estar sujeto a discusión o duda es que algo grande está ocurriendo en este mundo global.

La Europa neoliberal sigue intentando resolver su crisis neoliberal con más neoliberalismo lo que salta a la vista en el plano político cuando vemos que el que fuera paradigma de la socialdemocracia europea, que quienes reconstruyeron Europa con el dinero de los norteamericanos ya casi son pasado y se han subordinado a sus nuevos amos. Si hay dudas basta con un simple repaso por la geografía del viejo continente: el partido socialdemócrata alemán es un secundón en el gobierno de Merkel; el socialismo francés luce estar a ley de unas elecciones para desaparecer; ¿alguien sabe qué será del partido socialista griego?; el laborismo inglés de la tercera vía equivocó también el camino y el socialismo español (no es que le tenga muchas simpatías) parió a Pedro Sánchez al que el periódico global y los canallas de los GAL, Galerías Preciados y Gas Natural Fenosa se las arreglaron para mantener a sus nuevos socios recordando al viejo rey galo: “Adora lo que has quemado y quema lo que has adorado”.

Cumplen así lo que parece un mandamiento único de la política neoliberal, entre democracia y estabilidad, siempre primero la estabilidad.

Seguramente para algún erudito del patio los socialdemócratas europeos dejaron correctamente su orgullo en el tocador. Los principios y su historia en el inodoro.

Como lo importante es lo que ocurre en el más acá, debimos recurrir a los acontecimientos europeos. Son los “los canallas de los GAL, Galerías Preciados y Gas Natural Fenosa” los que en las nuevas carabelas (Telefónica, ENDESA) trajeron a América la nueva forma de hacer política en el neoliberalismo a través de una fórmula que les ha resultado infalible “una combinación de una elite capitalista insaciable, ciudadanos pasivos, un grupo de neocamaradas muy contentos consigo mismos”. Para creer basta con leer los periódicos brasileños, panameños y chilenos. Pero es bueno traer a la discusión el tema de lo que ocurre del otro lado del charco.

Hace unos días, Chile tuvo elecciones municipales y la abstención alcanzó a un 65%. Salieron alcaldes electos en comunas en las que votó el 20% de los habilitados para hacerlo. Cualquier parecido con las ocurrencias europeas no es pura coincidencia. Somos testigos del intento por resolver la situación con más neoliberalismo, e incluso hay algunos que ya empiezan a hablar de la “restauración conservadora” sin una gota de orgullo.

En esto estábamos cuando llegó un artículo de Pablo Salvat, que nos remitía también a Christian Laval y Pierre Dardot: “la crisis profunda de la democracia representativa en la época neoliberal, sin duda irreversible, muestra claramente la necesidad de inventar otra política, otra relación con la política”.

Salvat nos recuerda que hay tres componentes que no pueden faltar en una práctica política emancipadora: “justicia social, igualdad, fraternidad”, los cuales han sido disminuidos por el discurso neoliberal “vinculado prioritariamente con el mercado, la propiedad privada, el consumo o las empresas”. Con esto tenemos que caer en el más acá, acá, donde la reivindicación democrática se esfuerza por conseguir el primer plano que merece y donde la disputa ideológica parece -solo parece- no estar presente.

Con anterioridad en esta columna hemos intercambiado ideas acerca del carácter no democrático del neoliberalismo y en el plano local esta certeza se manifiesta de manera muy particular por el escaso desarrollo democrático. Vemos que en rigor aparecen enfrentados por “el consumo o las empresas” una “elite política” y una “elite empresarial”. Estas “élites” no tienen antecedentes democráticos ni en el origen de su poder político ni en lo que podría llamarse “la acumulación originaria” del empresariado.

Respecto de la “elite política” un estudio reciente me indica que hasta hace poquito quienes dirigían los principales poderes del Estado pertenecían a la primera generación de la familia que asistía a la universidad y no creo que pueda desmentirse, pero la calidad de la democracia está relacionada con la “calidad” de la élite”, tiene que ver con el hecho de que la democracia no se aprende tan rápido. Lo dice mejor Silvio Rodríguez, ahora permanente candidato al Premio Nobel de Literatura, cuando señala: “lo mas terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”.

Finalmente, y puestos en la perspectiva del cambio político, asumo la tarea que nos dejan los autores Cristian Laval y Pierre Dardot (“La nueva razón del mundo” Gedisa, 2013; “Común: Ensayo sobre la revolución en el siglo XXI”, Gedisa, 2015) cuando confiesan: “Hacemos una diferencia entre “gobierno como institución” y “gobierno como actividad”. El gobierno como “institución” nos reenvía inmediatamente al Estado y sus dirigentes, mientras que el gobierno como “actividad” designa la manera en que las personas, sean o no gobernantes, es decir miembros de un gobierno, conducen a otras personas esforzándose en orientar y estimular sus conductas. En este segundo caso, el gobierno es la forma en que unas personas “conducen la conducta” (por retomar la expresión de Foucault) de otras.
Un simple cambio de equipo gubernamental, como efecto de una alternancia electoral entre partidos, no basta ni mucho menos para cambiar el modo de gobierno de los seres humanos”.

Esa es también una muy buena descripción para países que tienen más gobierno que Estado, es decir, países en que las instituciones democráticas no funcionan.

cifuentes.guillermo@gmail.com

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