La marcha silenciosa en recuerdo a Nisman hace temblar los muros de la Casa Rosada

Banderas argentinas, una lluvia torrencial, silencio, algunos aplausos, gritos sueltos de Justicia, se improvisa el himno nacional y la multitud (400.000 según la Policía Metropolitana), con sus paraguas, persistente bajo el agua. Cristina Fernández de Kirchner prefirió no verlo y se fue a Chapadmalal, la aislada residencia veraniega de los presidentes en la costa Atlántica. Un mes después de que un balazo atravesara la cabeza del fiscal Alberto Nisman -por mano propia o ajena-, la viuda de Néstor Kirchner sigue sin entender qué hizo aquel hombre que la señaló con el dedo acusador -a ella y a otros-, para merecer una manifestación de miles y miles de personas. De norte a sur de Argentina y en medio centenar de ciudades del mundo, se lo intentaron explicar con los gritos del silencio. Hasta la víspera, lo habían hecho con palabras.

La presidenta de Argentina no quiso escuchar el mensaje, -ni antes, ni durante ni después de las movilizaciones- y prefirió hablar de ella misma y hacer como que en Argentina, -ayer y desde hace un mes-, no pasa nada. Lo único importante para ella fue protagonizar un acto al mediodía donde inauguró -por tercera vez en tres años- una central nuclear que antes se llamaba Atucha y ayer rebautizó Néstor Kirchner. Pero la calle le arrojó a la Presidente el reflejo del espejo de otra realidad. La “Reina Cristina» (título de su primera biografía, de Olga Wornat), está desnuda y su pueblo, se lo hizo ver sin alzar la voz.

Desde el Gobierno les llamaron «golpistas», «narcos» y «antisemitas». En el rincón más oscuro de la intelectualidad «kirchnerista» (la organización Carta Abierta) se pidió a la Corte Suprema que les prohibiera manifestarse… El día que los fiscales decidieron rendir homenaje a su colega muerto, Alberto Nisman, provocaron un temblor en la Casa Rosada con réplicas insólitas en el corazón del poder que no dudó en poner en marcha a su ejército de fieles para tratar de anular, descalificar o desactivar, como si se tratara de una bomba, una convocatoria pacífica que surgió desde el dolor y que reflejó, finalmente, el hartazgo del Poder Judicial y de buena parte de la población por la impunidad, el maltrato, el desprecio y la indiferencia frente a la muerte de un hombre que investigaba el atentado terrorista a la mutual AMIA, el más grave de Argentina y de la historia contra al población judía, después de la II Guerra Mundial.

Las dos hijas de Nisman, Iara y Kala, su madre, la juez Sandra Arroyo Salgado, otros miembros de la familia y una decena de fiscales encabezaron, bajo una lluvia torrencial, la marcha de Buenos Aires. Lo hicieron en bloque. Les seguían las columnas humanas que, como ellos, recorrieron lentamente un tramo de una decena de «cuadras» (manzanas) en silencio. Aquellas que van entre la Avenida de Mayo esquina a Rivadavia y la histórica Plaza de Mayo. En el camino, un último vistazo a la Unidad Fiscal AMIA, despacho de trabajo de Nisman donde descubrió lo que él -y ahora también el fiscal Gerardo Pollicita– consideraba un pacto terrorista entre Cristina Fernández, su Ministro de Asuntos Exteriores y otros colaboradores con Irán, para cubrir con el manto de la impunidad a los prófugos iraníes que la justicia Argentina atribuye el bombazo que hizo saltar en 1994 el edifico de la AMIA y de la DAIA, las dos instituciones israelitas, política y económica, más importantes. En esas dependencias, tras la muerte de Nisman, el Gobierno colocó a investigadores que responden a Justicia Legítima, la rama judicial ultrakirchnerista.

Entre la multitud de la marcha silenciosa iban de la mano políticos de la oposición sin banderas ni consignas, sindicalistas, jueces, abogados, estudiantes, representantes de la colectividad judía, de la Iglesia, periodistas, intelectuales que siguen teniendo un pensamiento crítico y gente cuyos nombres no salen en los medios de comunicación. Mucha gente, miles de personas que exigían «Justicia para Nisman» y se preguntaban: «¿Qué pasó en la Amia? ¿Quién nos cuida? ¿Por qué no van presos los corruptos? ¿Por qué nos acostumbramos a la injusticia?» Las respuestas que buscaban –y buscan- era breve: «Queremos la verdad, queremos vivir en paz, queremos justicia», reconocían.

Cien mil, doscientos mil, trescientos mil… Las estimaciones del número de manifestantes no son definitivas. ¿Cómo calcular cuántos se arrojaron a la calle de Jujuy a Tierra del Fuego? Los dos puntos de norte a sur más lejanos de Argentina. Complicado. Más fácil resultará estimar el número de personas que se concentraron en Consulados y otros puntos en cerca de una treintena de países.

Difícil resumir el día de ayer en Argentina. Tanto como entender que el secretario general de la Presidencia, Aníbal Fernández, pasara de acusar a los organizadores de la manifestación de «narcos» y otras lindezas, a asegurar horas antes de la marcha que «por supuesto» que se sumaría pero no lo hacía porque, «sería una forma de provocar» (sic)

Cortesia: abc.es

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